Se me da bien ver lo que quiero en mi mente, pero soy malísimo dibujando. Horrible. Es probable que por eso me guste la ingeniería – hay papel cuadriculado y software para hacer dibujos decentes y precisos de todo. Este es mi mejor borrador que pude dibujar en cuanto a la cubierta del libro:

Lo que se ve a los lados son jamones curados flanqueando el “escenario” como si fueran cortinas. En el centro se ve una carretera serpenteante que va de Blacksburg (Virginia, EEUU) a El Puerto de Santa María, después a Madrid y finalmente a Salamanca. ¡Penoso!
Cada vez que entres en la página principal, verás una ilustración diferente de mis escenas favoritas del libro hechas por mi amiga Judit Martínez. Aquí en la galería, puedes ver todos.
Ilustración 1

—Ya sé que a algunos os preocupa la seguridad —continuó Doc Warner, alargando las palabras y diptongos con su acento sureño, que resultaba tan agradable y cómodo como aparentaba su desgastado mono de trabajo, —pero quiero que sepáis que, en 40 años que llevo soldando, solo he prendido fuego a un hombre y ese es Dennie, aquí presente.
—Yep —dijo Dennie, que no tenía mal aspecto a pesar de las circunstancias.
Ilustración 2

Tonio ojeó mi deformado y estrepitoso descalabro y lo echó al horno de las pizzas, donde empezó a adquirir un tamaño enorme a medida que se inflaba y comenzaba a amenazar con pegarse al techo.
Ilustración 3

―No sé qué le pasa a mi secador –dijo con cierta decepción –Lo pongo en el “Uno y va a tope como si estuviera en el “Dos”, ¡y en el “Dos” se pone a temblar y hace un ruido que da miedo!
No me pude controlar. Le eché la culpa al jet-lag y a la sangría:
―Es que aquí el voltaje es de 230 voltios, dos veces mayor –dije sin conseguir disimular el tono que marcaba la obviedad del asunto.
Ilustración 4

Aquella noche no llegamos pero sí fuimos a El Chapandaz, que era un bar decorado como una cueva en el que bebidas extrañas como la Leche de Pantera salía de unas estalactitas que colgaban de la barra con forma de u y en el que servían la cerveza por medio, uno, tres y seis litros. Las dos últimas las servían en gigantescas copas de coñac (peceras prácticamente), acompañadas de un puñado de pajitas de plástico.
Ilustración 5

Old Bay es bastante picante, lo cual no es una característica de la cocina española. Lucía y Pablo olfatearon el bote esforzándose al máximo por no arrugar la nariz.
―Pues gracias, hombre –dijo Pablo tratando de controlar un estornudo y más o menos con el mismo tono que hubiera usado yo si un estudiante de intercambio español se hubiera presentado en mi casa con dos orejas de cerdo.
Ilustración 6

―La manera de ligar aquí en España –dijo con total convicción –es bailando un poco –y en este punto se marcó un bailecito que me recordó a un nativo de la Polinesia bailando sobre las brasas ardiendo. –Y luego haces así –Álvaro se echó hacia delante, hacia su compañera de baile imaginaria, la agarró por los hombros imaginarios, sacó la lengua y se puso a menearla en todas las direcciones.
Ilustración 7

Mi siguiente «madre española» se llamaba Valeria Ramírez, y no pude verla por primera vez hasta que ya se habían llevado al resto de mis compañeros por lo bajita que era: metro y medio siendo generoso. También de ancha. Me incliné para darle dos besos y practicar mi saludo recién aprendido:
―Hola, soy Christopher. ¡Encantado! (“Mucho gusto” se decía más en América Latina según mis profes).
Valeria miró hacia arriba y me dijo:
―¡Uy! Yo no sé decir eso. Te voy a llamar Paco.
Ilustración 8

…me fijé en tres bellezas de pelo negro que parecían de allí. Estaban bailando en círculo en la parte de atrás subidas a una pequeña plataforma que las situaba una cabeza por encima de la gente de la pista.
―Amy, ¿ves a esas tres de allí? –dije señalando al objetivo. –¡Ve a por ellas!”
―Voy al tajo –dijo Amy.
Ilustración 9

Amy y yo pedimos otra (absenta). La camarera nos hizo un gesto negativo con el dedo.
―Esta es la última que os pongo –nos advirtió –y la primera debería ser la última”.
―¿Y eso? –soltamos al unísono.
―Hay mucha gente que se cae redonda después de tomar absenta –fue su respuesta, acompañada de una palmada para demostrar el sonido de dicha caída redonda.
Ilustración 10

Mientras le enviaba a Inés un mensaje telepático para que su visita fuera breve, volvió a sonar el telefonillo y esta vez sí que era la dueña haciendo una inspección sorpresa.
―¡Corre! ―masculló. ―¡Escóndete en la habitación de mi hermana!
Allí es donde había pasado la noche anterior y donde mi bolsa gigante estaba ocupando la mitad del minúsculo espacio. No sé cómo pero conseguí meterlo a empujones en el armario y después barajé esconderme detrás de la puerta, aunque me decidí por hacerlo debajo de la cama.
Ilustración 11

Luego tuvimos la mala idea de echar un poco de nitrógeno líquido en una botella de dos litros de Coca-Cola. Fuimos en fila hasta al contenedor de basura que había afuera, en la parte de atrás del edificio; le pusimos el tapón a la botella y la tiramos dentro. Como no sucedía nada y estábamos impacientes, James (el rebelde) se metió dentro y le quitó el tapón. Debimos de pensar que todo el nitrógeno se había evaporado (James desde luego lo pensó, porque volvió a ponerle la tapa a la botella y salió del contenedor). Los fumadores encendían sus cigarros y nosotros disfrutábamos del sol cuando la botella estalló estrepitosamente (fue como el sonido que hace una escopeta de dos cañones). Las gafas de James salieron disparadas y tras unos instantes de conmoción ocasionada por la explosión, echamos un vistazo al contenedor. No quedaba ni rastro de la botella
Ilustración 12

Recibí un correo electrónico escueto y bastante seco en el que, atendiendo a los requisitos del año 2000, denegaba mi petición de graduarme en 2001. La decana tenía fama de ser bastante callo pero cuando llevé el correo con mi solicitud denegada al despacho del Dr. Uarte, me echó un cable como ningún otro de mis profesores lo había hecho jamás. Mientras iba leyendo el mensaje, sus ojos oscuros centelleaban y su habitual expresión amable se fue congelando. Sin decirme ni una palabra, cogió el teléfono y utilizó toda la presión posible para que le pusieran con la decana recalcitrante. Su inglés hablado era gramaticalmente perfecto, pero teñido de un acento español impone respeto, me atrevería a decir que es como el dialecto de un dictador. Si conocéis a alguien que habla una segunda lengua con mucha fluidez sin llegar a ser bilingüe de nacimiento, siempre podréis escuchar cómo se les marca más el acento cuando se emocionan. Dr. Uarte machacó a la decana hasta que ésta cedió; marcaba más las “erres”, alargaba las vocales y las consonantes salían más claras y nítidas que los galones de un almirante de una república bananera.
Ilustración 13

Herme, Marga, Manolo y yo. (No en ese orden).
Ilustración 14

No es que eructar, tirarse pedos o bostezar no esté mal visto en Estados Unidos, pero en España son mucho más estrictos con el tema. Una tarde mientras nos preparábamos para salir, Ula soltó un eructo que sonó a bocina de esas de barco para la niebla y yo me partí de la risa. Los españoles se quedaron de piedra y ni siquiera Tomás sabía si reírse u horrorizarse.
Ilustración 15

Está claro que cien pesetas no suponían nada, pero lo mejor era que en ese bar tenían tortillas de patatas de varios tipos y por las mañanas servían el café con una porción de tortilla y un trozo de pan. La cantidad justa de comida para tirar entre el desayuno y la comida. Por desgracia, cuando se acababa la tortilla, no había más así que en los descansos de la tarde, si querías comer algo con el café había que pagar algo más.
Ilustración 16

…me llevó al Don Perrito, un cuchitril grasiento que preparaba sobre todo comida para llevar. Tenían un dispositivo muy curioso en el mostrador de atrás que tenía seis pinchos de metal de la misma longitud que el pan para los perritos calientes. Observé fascinado a la camarera empalar los panecillos, que venían sin cortar, en los pinchos, que estaban calientes y calentaban el pan de dentro a fuera.
Ilustración 17

―¡Ay, flan! ¡Me encanta el flan! ―dijo Lorena como si hubiera alguien que no lo supiera.
―Ay, flan ―repetí yo sin alcanzar el mismo nivel de entusiasmo. Al ser una madre española, Tita estaba muy al día de los gustos de sus invitados.
―El flan te gusta, ¿no? –me preguntó expectante. Mirad, yo siempre abogo por la sinceridad y de hecho en más de una ocasión me han dicho que soy “sincero hasta el punto de pasarme”. Pienso que las situaciones en las que una mentirijilla no hace ningún daño son muy pocas y muy espaciadas, pero esta era una de ellas. Qué narices, si había comido oreja y morro de cerdo, ¿qué daño podía hacerme un flan? No se me dio mal, pero aquella fue la última vez que comí flan y espero irme a la tumba sin volver a comerlo.
Ilustración 18

La atracción principal era un toro que supuestamente tenía algo de toro de lidia y que había perdido a su madre; después lo habían criado ellos mismos. Juanjo tenía un saco de pienso de 50 kilos (eran bolitas como las que se les da a los hámsteres, solo que cada bolita tenía el tamaño de un hámster).
Ilustración 19

Un día estaba en el cuarto de estar haciendo deberes y debía de ser una hora antes de comer. Manolo estaba a mi lado ronroneando satisfecho. De repente se escuchó un “¡BOOM!” que provenía de la cocina y mi compañero felino dio un salto como si la explosión se hubiera producido debajo de su peludo trasero. Tenía las patas totalmente estiradas y al aterrizar, sus ojos parecían los de un loco, tenía las orejas pegadas a la cabeza y la cola se puso dos o tres veces más grande de su tamaño normal.
Ilustración 20

Al llegar nos dio la bienvenida una mesa cubierta de botellas de vodka. Nuestra anfitriona hablaba inglés perfectamente (¡qué alivio!) y repetía alegremente que “nadie se va a casa hasta que se acabe el vodka”. Había vodka de alta calidad, vodka de canela, de hierbas, uno muy básico para limpiar el paladar y mi favorito: “vodka de pis de bisonte”. Puede que fuera algún error en la traducción y el estar bebiendo vodka sin parar, pero a mí me daba la sensación de que la hojita de hierba que flotaba en aquella botella de líquido verde amarillento la habían arrancado después de ser bautizada por al menos un bisonte de alguna manada sagrada de algún lugar de Polonia.
Ilustración 21

Yo visualizaba a gente corriendo por las calles en bañador, cogiendo tomates de cestas llenas repartidas por toda la calle y tirándolas por todos los lados. Resulta que a este festival acuden dos tipos de personas: los que saben de qué va (los que tienen enchufe) entran en la ciudad en furgones enormes con plataformas donde están las toneladas de tomates. Si hubiera tenido la certeza de poder hacerme con un sitio en el furgón habría ido, pero el privilegio es solo para unos pocos. Las demás personas están en la calle y hay que ir pronto para meterse en el mogollón debido a la creciente popularidad del evento. Es decir, que está la gente con los tomates en los furgones y la gente en la calle sin tomates. Los que disparan y sus blancos. Vimos la fiesta desde un sitio cómodo y seguro: el piso de nuestro anfitrión. Ver a la plebe bombardeada por los reyes y las reinas de los furgones me recordaba bastante a una versión moderna de la historia medieval. Lo único que podía hacer la gente de la calle era intentar tirar los tropezones que quedaban después de haber explotado, a la «realeza» de los furgones.